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septiembre 2021

Libros

Javier Rico: “Mi nueva Guía de la España Rural invita a hacer viajes cortos y muy intensos”

Javier Rico es uno de los periodistas medioambientales más conocidos en nuestro país.  Lleva décadas publicando artículos en El País, Muy Interesante, National Geographic… Además de ser un apasionado de las aves. Yo le conocí hace ya demasiado tiempo, cuando era director de la revista Biológica. Acaba de publicar con Planeta Guía de la España Rural, propuestas mes a mes, en la que nos invita a rutas intensas pero sosegadas, en las que la agricultura y la gastronomía tienen un papel fundamental. Como somos amigos desde entonces, le he contado que ha escrito el libro que yo pienso reescribir en cuanto me sea posible. No sé si lo haré tan bien como él.

¿Cuál ha sido el punto de partida de esta guía?

Llevo más de una década trabajando en temas de desarrollo rural y sabía que los grupos de desarrollo locales están haciendo un trabajo fantástico, por lo que quise que fueran el hilo conductor para que nos descubrieran muchas de estas cosas innovadoras y únicas que nos estamos perdiendo y que mantienen viva la España rural. De ahí surgieron 54 rutas y 47 mini propuestas extra que dan a conocer nuestro patrimonio cultural, etnográfico, natural, gastronómico…

¿Cómo has vivido la creación y desarrollo de una guía de viajes con la pandemia de por medio?

Planeta me encargó el libro a finales de 2019. A finales de febrero me marcho a mi primera ruta al valle de Ricote en Murcia. Y las dos semanas nos llega el confinamiento estricto que lo paralizó todo. Cuando ya pudimos salir retomé el proyecto y pude comprobar en primera persona los estragos que había causado el encierro en las personas que iba entrevistando. Sin embargo, creo que he escrito esta guía en el momento exacto, el momento del reencuentro con el viajar tranquilo y con nuestro entorno cercano.

¿Cómo has seleccionado las rutas del libro entre toda la maravillosa diversidad que tenemos en España?

Ha sido dificilísimo. Incluso ahora cuando releo el libro pienso en cosas que podría haber contado de este paraje, o aquella iglesia. Precisamente por eso decidí dejarme guiar por los grupos de desarrollo rural, para delimitarme a mí mismo. Por cada ruta he entrevistado a una media de seis o siete personas, y mis compañeros de profesión se darán cuenta de que en realidad para mí cada viaje es un reportaje.

¿Qué hace esta guía diferente a otras más convencionales?

Invita a hacer viajes cortos y muy intensos. Intento retener a la gente cerca de los puntos de interés, para que no se pierdan experiencias interesantes o el contacto con la gente local, de la que tanto se puede aprender. Es más, este libro también está pensado para que la gente conozca mejor la zona en la que veranea, o aquella que pertenece a sus antepasados, o la comarca vecina. Cuando estuve visitando el Norte de Pontevedra, tierra de pazos y camelias, me decían los locales que ahora había mucho turismo gallego que estaba redescubriendo, o descubriendo, su propia tierra. También propongo visitar los lugares elegidos en fechas poco usuales, para llevar el turismo al entorno rural durante todo el año. Por ello están clasificadas por meses.

Javier Rico, fotografiado por Ana Maristany

¿Podrías calificarla entonces como inspiración para lo que podríamos calificar como slow travel?

Lo que he intentado aquí es que las nuevas formas de acceso a la información no condicionen tu viaje. Tenemos que seguir parándonos a preguntar y hablar con la gente local. Ganas muchísimo a nivel práctico y emocional cuando lo haces. Si vas directamente con tu coche al restaurante de moda para sacar la foto en Instagram y ya está, te estás perdiendo algo clave en estos viajes: las personas.

¿Tienes algún tipo concreto de lector en la cabeza?

Lo cierto es que no, porque este libro puede interesar a muchas personas diferentes, pero sí creo que está hecho para andarines, para gente curiosa. Hay opciones para todas las edades y etapas vitales. Desde escalada o barranquismo hasta paseos con esculturas al aire libre para llevar a los niños y por supuesto, observación de aves y fauna. Pero insisto, aunque creas que ya lo sabes todo al llegar tienes que preguntar y dejarte guiar por la gente de allí, para no perderte las mejores experiencias-

¿Cuál es el papel de la agricultura y la gastronomía en tu guía?

Fundamental, porque creo que en todas las rutas recomiendo directamente o un restaurante, o una pequeña empresa que trabaja con productos de la zona que me han gustado particularmente. Hay otras que incluso gravitan sobre un cultivo o producto concreto, como el guisante en el Maresme o el queso de Idiazábal en Álava. Recuerdo especialmente la ruta del aceite en Jaén, que hice en bici con mis hijos. Me impactó muchísimo pedalear entre olivos. La gastronomía forma parte intrínseca de la historia y la vida de todos los sitios que cito.

Justo ahora que comienza el otoño, ¿a dónde mandarías de ruta a tus recién estrenados lectores?

A O Courel, en Lugo. Además de la mezcla de bosques de hoja caduca y perenne, me sorprendió la importancia que tienen para la vida y la economía local las castañas y la miel. Hay un sendero que te lleva por una ruta de corrales de piedra, llamados alberizas, construidas para que los osos no entraran a comerse la miel. Afortunadamente la población de osos de la zona está aumentando y algunas de estas construcciones vuelven a estar en uso. Y acabo volviendo a mi pasión, las aves. Las más frioleras, que han comenzado su migración desde el Norte y Centro de Europa buscando tierras más cálidas, hacen una parada técnica en España y justo en esta época es fácil avistarlas en los deltas de los ríos y en lagunas interiores.

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De ruta por el mapa ecológico español

Había una alegría incontenida en el ambiente, y una energía muy especial. Era la primera vez que en mucho tiempo que los expositores participantes en Organic Food Iberia abandonaban su burbuja virtual para participar en una feria de las de toda la vida. Esas ferias en las que se dan muestras de vino, jamón, y lo que se tercie y se hace “networking” a la antigua usanza: cara  a cara. Y esa alegría se me contagió al instante en cuanto crucé el umbral del pabellón 8 de IFEMA.

No había oído hablar antes de este certamen hasta que recibí la invitación, y al buscar información al respecto entendí por qué. Es una feria joven, la primera edición tuvo lugar en 2019, que vio truncados sus pasos el año pasado debido a las restricciones pandémicas.

Organic Food Iberia de hecho es una feria de carácter internacional, organizada por la empresa Diversified Communications UK en colaboración con IFEMA, y que también se celebra en Australia, Suecia e Inglaterra. En la actualidad España está viviendo una eclosión de producción de agricultura y ganadería ecológica, y era lógico que contara con su evento propio.

De hecho, según datos de los organizadores, España cultiva en la actualidad 2 millones de hectáreas de productos ecológicos, la mayor superficie de Europa y es el cuarto productor de agricultura ecológica del mundo. El consumo de productos orgánicos en España creció el último año un 20% y ya estamos alcanzando los niveles de otros países del norte del continente.

España cultiva en la actualidad dos millones de hectáreas de productos ecológicos, la mayor superficie de Europa

En una feria de este tipo, lo mejor es pasear e ir dejándote llevar por tu intuición, y esto es lo que hice, sabiendo que era imposible visitar todos los stands. Empecé esta vez en modo inverso, cuando mi interés me hizo empezar primero por el postre y parar en el puesto de helado  de la empresa Runakay, que es pionera en la producción de helados artesanales y veganos. He de decir que el nombre no es lo más acertado del producto, ya que es poco pegadizo y te recuerda a una tienda de deportes, pero los helados están riquísimos.

Me atendió muy amablemente Manuel Sánchez, delegado de la empresa en Madrid, que me dio a probar el sorbete de mango, muy rico y el de horchata con stracciatella que definitivamente se ganó mi corazón, porque aúna dos de mis sabores favoritos. Afortunadamente ya se distribuye en Madrid y puedo encontrarlo en mi supermercado de confianza, así que a partir de hora está incluido en mi cesta de la compra.

Después me topé con un interesante rincón designado para “haga una cata de vino usted mismo”, con una selección de vinos ecológicos de las bodegas participantes. De todos ellos los más interesantes me parecieron Granza crianza 2015, elaborado con tinta de toro por bodega Cyan perteneciente al grupo Matarromera. Ya he tomado nota para mis próximas compras.

De hecho la DO Jumilla ha tenido un papel destacado en esta feria, con un stand dedicado íntegramente a sus vinos. La respuesta está en sus particulares condiciones geográficas,, en transición entre el clima mediterráneo y las llanuras manchegas. Y el elevado número de horas de sol y su notable altitud, entre 320 y 900 metros, características que le confieren una resistencia natural a plagas diversas. De hecho en la actualidad el 70% del vino que se produce en Jumilla es ecológico. Y además, se producen vinos con mi uva favorita, la Syrah, además de su uva autóctona, la Monastrell. Un ejemplo es Numun de bodegas BSI.

Mi siguiente parada fue la bodega Dehesa de Luna, también situada en la zona de Albacete. He de reconocer que atraída por el olor del jamón ibérico con el que estaban agasajando a los visitantes. Pero esta finca es mucho más que jamón. Situada en un enclave único rodeada de 2.800 hectáreas de naturaleza, lleva 15 años creando vinos ecológicos de sus viñas centenarias y protegiendo la fauna y flora que la rodea.

Dando un descanso al vino, me topé con una bebida más desconocida en España y llena de propiedades saludables. La ginger beer, que a diferencia de su compañero el ginger ale, se produce por fermentación como la cerveza tradicional. En California el jengibre es una especia más que familiar, y una compañía artesanal y de comercio justo de allí, The Ginger People, por fin acaba de llegar a España con sus productos hechos con jengibre ecológico. Además de esta bebida hay productos muy interesantes, como sirope de jengibre ideal para hacer unas tortitas saludables y con aire zen.

Mención aparte requiere una finca tan especial como Dehesa el Milagro. Detrás de una empresa con un nombre tan sugerente está Blanca Entrecanales Domecq, que hace algo más de una década convirtió una mezcla de sueño, utopía, y la búsqueda de una vida tranquila en lo que hoy es una empresa asentada e innovadora. El proyecto de esta finca ecológica nació en Alcañizo (Toledo) con la intención de tratar a la Naturaleza con el máximo respeto para que ésta a su vez nos devuelva productos saludables y de calidad máxima. En la finca tratan de autoabastecerse al máximo mediante un ciclo de producción cerrado en el que se alimenta al ganado con pastos y piensos propios y en el que se respetan al máximo los productos de temporada.

La intención de su creadora también era hacer partícipes a los consumidores de la excelencia producida por la tierra. Por ello su objetivo es eliminar intermediaros en la cadena de distribución, y por ello se pueden comprar sus productos online. Sus últimos lanzamientos son una línea de productos preparados como carne para tacos, muy rica, y también el pollo relleno ecológico con el que ganaron el premio al mejor producto innovador. Habrá que tenerlo en el radar para las festividades que vienen.

Dos interesantes paradas aún me quedaban para acabar mi tourné por Organic Food Iberia. Las conservas ecológicas Monjardin, una empresa familiar de la ribera Navarra que lleva más de 50 años elaborando productos de calidad y otro de mis productos favoritos y que ahora está empezando a pegar fuerte en España, la kombucha.

La primera empresa en el país en elaborarlos de forma artesanal fue Mun Ferments con su producto Kombutxa, creada por Jordi Dalmau en Mataró en 2015. La kombucha, una bebida habitual en los estudios de yoga del Oeste de EEUU, es una bebida fermentada probiótica a partir de té verde que mejora la flora intestinal y promueve la desintoxicación del organismo y además es un refresco guilty free ya que su composición de azúcares y alcohol es muy baja.

En resumen, una ruta muy interesante que aunó tradición e innovación. Porque no solo son compatibles, sino que son la combinación del éxito.

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Arroz aragonés, un producto de altura

Quizás pocas personas sepan que Aragón lleva produciendo arroz desde el siglo XIX aunque, efectivamente, su cultivo es minoritario, alrededor de 4.500 hectáreas respecto a otras comunidades como el Delta del Ebro, la Comunidad Valenciana, Extremadura y Andalucía.

Arrocera del Pirineo es una de sus principales comercializadoras. Se trata de una cooperativa de segundo grado constituida por otras tres cooperativas de la comunidad: Virgen de la Oliva, en Ejea de los Caballeros, San José en Sádaba, y Osca en Alcolea del Cinca. Precisamente en Alcolea cuentan con el molino que procesa y envasa el arroz producido por los agricultores de la cooperativa exclusivamente.

De este arroz un 70% se distribuye a granel, en contenedores, big pack de 1.200 kilos o sacos de 25 kilos. Este año se ha comercializado únicamente a nivel nacional, aunque normalmente sí se exporta un porcentaje importante principalmente a países del Medio Oriente: Palestina, Israel, Siria y Líbano. “Producimos una variedad llamada Guadiamar, de arroz semilargo cristalino que es muy apreciada en estos países”, nos explica Susana Hernández, directora de la cooperativa.

Pero la joya de la corona la compone marca propia, Brazal, con la que llegan directamente a los consumidores. Supone el 30% de la producción en la actualidad, aunque el objetivo de la cooperativa es que en un futuro sea la forma mayoritaria de distribución y venta. Brazal es una marca muy conocida en Aragón, pero que también se puede encontrar en grandes supermercados de otras ciudades como El Corte Inglés y Alcampo.

Preguntamos a Susana Hernández qué tiene de especial el arroz Brazal y por qué la gente que lo prueba se convierte en un seguidor fiel: “Principalmente las condiciones de cultivo. Nosotros estamos a 500 metros sobre el nivel del mar. Esto genera retos a la hora de cultivar, porque estamos en una zona límite, solo podemos cultivar dos o tres variedades ya que desde que se siembra hasta que se cosecha solo pueden pasar 150 días”, explica. “Pero esto hace que la maduración de nuestro arroz se produzca en septiembre de forma lenta, y esto le da mucha calidad. Absorbe mucho el sabor y aguanta muy bien sin llegar costar tanto al consumidor como el arroz bomba”.

De ahí que sea un producto muy valorado por la hostelería y por un público fiel que si lo prueba ya no compra otra cosa. Pero cuesta darse a conocer fuera de Aragón, porque Arrocera del Pirineo sigue teniendo las limitaciones propias de una entidad mediana para dar a promocionar su producto. “Se han hecho campañas de promoción de Alimentos de Aragón en genérico, pero eso no nos supone un beneficio directo”, lamenta.

Cultivar el arroz a 500 metros de alltura hace que la maduración se produzca en septiembre de forma lenta, y esto le da mucha calidad porque absorbe mucho el sabor

Otro de los retos más difíciles a los que se enfrenta el cultivo de arroz en la comunidad aragonesa es el acusado descenso de hectáreas cultivadas en los últimos años. Según datos de Cooperativas Agrarias en la pasada campaña se cultivaron 4.500 hectáreas, cuando hace diez años la cifra estaba en torno a las 12.000. Una de las causas principales es que los agricultores más jóvenes no se sienten atraídos por este cultivo, que requiere más mimos y cuidados que otros cereales, especialmente durante el verano.

Otro problema según la directora de Arrocera del Pirineo es que cada año van desapareciendo fitosanitarios de la lista de productos permitidos, sin que se encuentren demasiadas alternativas viables. Y es que, para Susana Hernández, el mundo rural y el urbano siguen dándose la espalda en muchas ocasiones, a pesar de lo que podría parecer tras la llegada al campo de urbanitas tras el confinamiento. “La agricultura tiene que seguir siendo el principal motor económico, y para eso nuestras explotaciones tienen que ser viables. A esto se añade la mala fama del arroz por ser un cultivo que consume mucha agua. Pero esto no es así, porque se trata de campos arcillosos. Metes el agua y ya no se va”. Por otro lado, los cultivos de arroz aprovechan terrenos que serían inviables para otros cultivos, porque se trata de zonas muy salinas. “Si no hubiera arroz, sería desierto, con el consiguiente perjuicio para la fauna autóctona”, comenta.

Para ella el futuro no se presenta especialmente optimista, pero al menos sí cree que se podrán mantener las hectáreas cultivadas en la actualidad. Lo que sí es su objetivo primordial es crecer en el volumen de ventas de marca propia, y que el arroz Brazal constituya no el 30% actual de la producción que comercializan sino el 70%. “Es un trabajo lento y continuo, pero confiamos en que los consumidores sigan creyendo en la calidad de nuestro producto”.