Persiguiendo el lujo: la democratización de las experiencias únicas

por | Oct 27, 2022

Elena F. Guiral

En 1923 comenzaron los trabajos para crear una carretera de grava de 92 millas que atraviesa el corazón de Denali National Park en Alaska camino del pico Denali, el más alto de Norteamérica. Irónicamente los visitantes de la época no podían llegar por carretera hasta el parque porque no había. Tenían que hacerlo en tren desde Anchorage.

Hoy en día este parque recibe 400.000 visitantes anuales, principalmente entre los meses de mayo a octubre. Y aun así, es una cifra muy modesta, comparada con lo más de 14 millones que visitan el número uno en el ranking, las Great Smoky Mountains.

Tuve la oportunidad de recorrer Denali en bicicleta este verano. Hubo muchos momentos en que disfruté en soledad un paisaje sobrecogedor, viendo a caribú beber agua en el río o un oso con su andar torpe a lo lejos. Sabes que algo así lo vas a vivir muy pocas veces en la vida. Y lo aprecias al máximo.

Recorriendo el Parque Nacional Denali en bicicleta

Para mí esto es el lujo. Para otros es un resort de cinco estrellas en el Caribe, con vistas al océano y cócteles en remojo. Pero en ambos casos se trata de algo exclusivo, una experiencia única … Y casi siempre caro.

Pero hay lujos y lujos. Y algunos cada vez son más accesibles. O diría yo que cada vez más apetecibles. Uno de ellos es viajar y otro, comer en restaurantes de alta cocina. Una tendencia que ha ido a más en los últimos años. El libro Stuffocation describe este fenómeno a la perfección: cada vez gastamos más en experiencias y menos en bienes materiales.

El problema de las experiencias y sobre todo las más especiales, es que son únicas, o casi únicas. Y que, a pesar de la inflación y la incertidumbre general, hoy más gente que nunca tiene acceso a ellas.

Y esto trae inevitablemente consigo los inevitables cuellos de botella. Chanel puede fabricar ¿100? ¿1000? ¿10.000? bolsos siempre que tú puedas pagarlos. pero solo un número limitado de personas puede comer y cenar al día en El Celler de Can Roca, uno de los restaurantes más famosos del mundo.

Las experiencias gastronómicas cada vez más deseadas y todavía relativamente asequibles, comparadas a alquilar un yate de lujo una semana para recorrerte Ibiza. Por ello conseguir mesa en uno de estos restaurantes se ha convertido en algo que ni siquiera se puede comprar con dinero, y que incluso mueve un mercado negro paralelo, como sucede para conseguir mesa en The French Laundry en San Francisco.

Estar como un halcón en su web cuando se abren las reservas , o ponerte en lista de espera a veces ni es suficiente. Leí hace unas semanas comentarios en redes sociales llenos de frustración, y hasta cierto rencor, sobre el sistema de reservas del asador Etxebarri. Allí nunca sabes ni cuándo ni dónde ni cómo hay que reservar. Algunos de ellos citaban que hay bastantes comensales que tienen mesa sin problemas cuando la reservan fuera de los cauces habituales.

Por supuesto. Y es algo que respeto, ya que no estamos hablando de un hospital o un colegio público, sino de un negocio privado que el dueño gestiona como mejor le parece.

Y sin embargo, delante de nosotros hay muchos sitios en los que se están haciendo cosas magníficas y pasan desapercibidos. Un día se quedaron fuera del foco . Por antiguos, por clásicos, por obvios. Porque no les hace falta. Son esos los bares y restaurantes a los que también merece la pena ir de vez en cuando. Para descubrirlos o para redescubrirlos.

Los humanos somos animales sociales y contradictorios. Por un lado queremos ir a los lugares que se llevan, y además mostrarlo: restaurantes, playas, paisajes, bares de copas. Pero luego protestamos si nos cuesta demasiado trabajo encontrar una reserva o nos encontramos demasiado masificado un paraje natural, o una playa. Queremos ese atardecer de Instagram en el cabo Formentor en agosto. Nosotros, y 1.000 parejas más.

A mí tampoco me gustan las aglomeraciones, así que intento ir contracorriente. Tampoco voy aquí a descubrir el Santo Grial. A los sitios más conocidos voy en temporada baja o en horas bajas. No mías, sino prontito por la mañana. Una hora puede hacer que simplemente aparques o no aparques en determinados lugares como Sintra (Portugal). Una vez allí como de bocadillo con productos que compro en los mercados locales. Así evito hacer una fila infame en restaurantes atrapaturistas que me van a dar un sablazo por comida mediocre… Si tengo suerte.

Reservo y planifico siempre que puedo. Y en los puentes más señalados busco alternativas más no tan conocidas y muchas veces más económicas. Este año serán Cebreros, Grazalema y las sierras de Jaén. En realidad no es cierto que esté todo hasta los topes en este maravilloso país que llamamos España. Simplemente tenemos que dejarnos llevar de vez en cuando por nuestro instinto más aventurero, y descubrir lugares nuevos por nosotros mismos.

Las cocinas del Palacio da Pena en Sintra

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    • The Yummy Bull

      Muchas gracias, espero que te haya resultado útil.

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    • The Yummy Bull

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