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Arroz aragonés, un producto de altura

Quizás pocas personas sepan que Aragón lleva produciendo arroz desde el siglo XIX aunque, efectivamente, su cultivo es minoritario, alrededor de 4.500 hectáreas respecto a otras comunidades como el Delta del Ebro, la Comunidad Valenciana, Extremadura y Andalucía.

Arrocera del Pirineo es una de sus principales comercializadoras. Se trata de una cooperativa de segundo grado constituida por otras tres cooperativas de la comunidad: Virgen de la Oliva, en Ejea de los Caballeros, San José en Sádaba, y Osca en Alcolea del Cinca. Precisamente en Alcolea cuentan con el molino que procesa y envasa el arroz producido por los agricultores de la cooperativa exclusivamente.

De este arroz un 70% se distribuye a granel, en contenedores, big pack de 1.200 kilos o sacos de 25 kilos. Este año se ha comercializado únicamente a nivel nacional, aunque normalmente sí se exporta un porcentaje importante principalmente a países del Medio Oriente: Palestina, Israel, Siria y Líbano. “Producimos una variedad llamada Guadiamar, de arroz semilargo cristalino que es muy apreciada en estos países”, nos explica Susana Hernández, directora de la cooperativa.

Pero la joya de la corona la compone marca propia, Brazal, con la que llegan directamente a los consumidores. Supone el 30% de la producción en la actualidad, aunque el objetivo de la cooperativa es que en un futuro sea la forma mayoritaria de distribución y venta. Brazal es una marca muy conocida en Aragón, pero que también se puede encontrar en grandes supermercados de otras ciudades como El Corte Inglés y Alcampo.

Preguntamos a Susana Hernández qué tiene de especial el arroz Brazal y por qué la gente que lo prueba se convierte en un seguidor fiel: “Principalmente las condiciones de cultivo. Nosotros estamos a 500 metros sobre el nivel del mar. Esto genera retos a la hora de cultivar, porque estamos en una zona límite, solo podemos cultivar dos o tres variedades ya que desde que se siembra hasta que se cosecha solo pueden pasar 150 días”, explica. “Pero esto hace que la maduración de nuestro arroz se produzca en septiembre de forma lenta, y esto le da mucha calidad. Absorbe mucho el sabor y aguanta muy bien sin llegar costar tanto al consumidor como el arroz bomba”.

De ahí que sea un producto muy valorado por la hostelería y por un público fiel que si lo prueba ya no compra otra cosa. Pero cuesta darse a conocer fuera de Aragón, porque Arrocera del Pirineo sigue teniendo las limitaciones propias de una entidad mediana para dar a promocionar su producto. “Se han hecho campañas de promoción de Alimentos de Aragón en genérico, pero eso no nos supone un beneficio directo”, lamenta.

Cultivar el arroz a 500 metros de alltura hace que la maduración se produzca en septiembre de forma lenta, y esto le da mucha calidad porque absorbe mucho el sabor

Otro de los retos más difíciles a los que se enfrenta el cultivo de arroz en la comunidad aragonesa es el acusado descenso de hectáreas cultivadas en los últimos años. Según datos de Cooperativas Agrarias en la pasada campaña se cultivaron 4.500 hectáreas, cuando hace diez años la cifra estaba en torno a las 12.000. Una de las causas principales es que los agricultores más jóvenes no se sienten atraídos por este cultivo, que requiere más mimos y cuidados que otros cereales, especialmente durante el verano.

Otro problema según la directora de Arrocera del Pirineo es que cada año van desapareciendo fitosanitarios de la lista de productos permitidos, sin que se encuentren demasiadas alternativas viables. Y es que, para Susana Hernández, el mundo rural y el urbano siguen dándose la espalda en muchas ocasiones, a pesar de lo que podría parecer tras la llegada al campo de urbanitas tras el confinamiento. “La agricultura tiene que seguir siendo el principal motor económico, y para eso nuestras explotaciones tienen que ser viables. A esto se añade la mala fama del arroz por ser un cultivo que consume mucha agua. Pero esto no es así, porque se trata de campos arcillosos. Metes el agua y ya no se va”. Por otro lado, los cultivos de arroz aprovechan terrenos que serían inviables para otros cultivos, porque se trata de zonas muy salinas. “Si no hubiera arroz, sería desierto, con el consiguiente perjuicio para la fauna autóctona”, comenta.

Para ella el futuro no se presenta especialmente optimista, pero al menos sí cree que se podrán mantener las hectáreas cultivadas en la actualidad. Lo que sí es su objetivo primordial es crecer en el volumen de ventas de marca propia, y que el arroz Brazal constituya no el 30% actual de la producción que comercializan sino el 70%. “Es un trabajo lento y continuo, pero confiamos en que los consumidores sigan creyendo en la calidad de nuestro producto”.

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